Extracto de los Sermones de Juan Wesley

SERMONES | Año 2 N° 12

La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.

De su Sermón “El Pecado en los Creyentes” extraemos:

2 Corintios 5.17

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es.

 

¿Existe el pecado en quien está en Cristo? ¿Permanece el pecado en quien cree en él? ¿Hay algún pecado en los que son nacidos de Dios, o son totalmente liberados de él? No crean que esto es una pregunta curiosa, o que es de poca importancia, en cualquier forma que se determine. Por el contrario, es un punto sumamente importante para cualquier cristiano sincero, pues su respuesta concierne tanto a la felicidad presente como a la eterna.…

Y en este punto, como a la verdad en muchos otros, nuestra iglesia sigue fielmente a la primitiva y declara en su Artículo IX: «El Pecado Original […] es la compasión de la naturaleza de cada persona, […] por la cual […] se inclina en su propia naturaleza al mal, de tal manera que el deseo de la carne es contra el Espíritu.…..

Las otras iglesias dan este mismo testimonio, no sólo la Iglesia Griega y Romana, sino cada iglesia reformada en Europa, de cualquier denominación. Inclusive, algunas de ellas se van al extremo describiendo la corrupción del corazón del creyente de tal manera que no puede dominarlo sino que, por el contrario, los creyentes están sujetos a él. Con lo cual casi borran la diferencia entre el creyente y el no creyente.

Para evitar este extremo, muchas personas bien intencionadas, especialmente entre quienes siguen al finado Conde Zinzendorf*, cayeron en el otro extremo, declarando que «todos los creyentes verdaderos no son esclavos sólo del dominio del pecado, sino de la esencia misma del pecado, tanto interno como externo, de tal manera que ya no mora en ellos.» Y hace como 20 años, muchos de nuestros ciudadanos recibieron de ellos y aceptaron la misma opinión–que aun la corrupción de la naturaleza ya no está en quienes creen en Cristo.

Después de algún tiempo cuando se dieron cuenta de lo absurdo de tal posición, la abandonaron, diciendo que el pecado sí permanece en quien nace de Dios, aunque ya no reina.

Los ingleses que habían recibido esta doctrina de los alemanes (unos directamente, otros no), no se dejaron convencer tan fácilmente a abandonar tal doctrina.

……

Por el bien de éstos que en verdad temen a Dios y desean conocer la verdad que está en Jesús, no erramos al considerar este punto con calma e imparcialidad. Al hacer esto, uso las palabras «regenerados», «justificados» y «creyentes» indistintamente porque, aunque no tienen precisamente el mismo significado (la primera implica un cambio interno, actual; la segunda un cambio relativo, y la tercera son los medios por los cuales los dos primeros se producen), sin embargo, llegan a ser la misma cosa, porque quien «cree» es tanto «justificado» como «nacido de Dios.»

 ……..

Tampoco estamos tratando de descubrir si la persona justificada puede recaer en un pecado ya sea interno o externo. Nos preguntamos únicamente: ¿está libre de todo pecado quien ha sido justificado o regenerado, desde el momento mismo de la justificación? ¿No queda pecado en su corazón ahora ni nunca más, a menos que caiga de la gracia?

Concedemos que el estado de una persona justificada es inefablemente grande y glorioso. Ha nacido de nuevo, no de sangre ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. Es hijo de Dios, miembro de Cristo, heredero del reino de los cielos. La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. Su propio cuerpo es templo del Espíritu Santo, y morada de Dios en el Espíritu.

……..

Pero ¿no queda entonces libre de todo pecado, de tal manera que ya no hay pecado en su corazón? No puedo decir ni creer tal cosa, pues San Pablo dice lo contrario. El se está dirigiendo a creyentes, y les describe su estado general cuando dice, «El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne, y éstos se oponen entre sí». Nada puede ser más claro. El Apóstol aquí afirma directamente que «la carne», la naturaleza pecaminosa, se opone «al Espíritu» también en los creyentes, pues aun en los que han sido regenerados hay dos principios que «se oponen entre sí.»

 Además, cuando les escribe a los creyentes de Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, les dice, «Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo … porque aún sois carnales pues habiendo entre vosotros celos, contiendas ¿no sois carnales?» Aquí Pablo se dirige indudablemente a los que son creyentes, a los cuales califica como hermanos en Cristo, pero les dice que todavía son carnales, pues afirma que hay «envidias» (un temperamento maligno) que ocasionan «pleitos» entre ellos mismos, y sin embargo, no da la más mínima indicación de que hayan perdido su fe. No. Abiertamente les declara que no la han perdido, pues de lo contrario, no serían «niños en Cristo». Y lo más maravilloso de esto, es que él habla de ser «carnal» y de «niños en Cristo,» como una misma cosa, demostrando claramente que cada creyente es «carnal» (hasta cierto grado) mientras siga siendo sólo un «niño en Cristo».

Ciertamente este punto tan importante, que en los creyentes existen estos principios contrarios, es decir, la naturaleza y la gracia; la carne y el espíritu, se encuentra en todas las epístolas de Pablo y en toda la Escritura. Casi todas las instrucciones y exhortaciones que se encuentran en ellas están fundadas sobre esta suposición, señalando las malas inclinaciones o prácticas de quienes, a pesar de todo, son reconocidos por los escritores sagrados como creyentes.

Y constantemente se les exhorta a luchar y vencer sobre el mal, por medio del poder de la fe.

*El Conde de Zinzendorf era el líder de los “moravos”.

La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

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