Extracto de los Sermones de Juan Wesley

SERMONES | Año 2 N° 18.1
 La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.
De su Sermón “Una advertencia contra el fanatismo” [Parte 2] extraemos:
 Marcos 9: 38-39
 Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a
 uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no
 nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero
 Jesús dijo: No se lo prohibáis.
¿Pero no hemos de prohibir a uno que «echa fuera demonios», si «no nos sigue»? Parece ser que tal fuera el juicio y la práctica del apóstol, hasta que refirió el caso a su Maestro. «Se lo prohibimos», dijo, «porque no nos sigue», lo cual suponía que era razón suficiente. Qué hemos de entender por esta expresión, «No nos sigue», es el próximo punto a considerar.
La interpretación menos importante que podemos dar a estas palabras es: «No tiene conexión visible con nosotros. No trabajamos en mutuo acuerdo. No es nuestro colaborador en el evangelio.» Y por cierto que cuando nuestro Señor se complace en enviar muchos obreros a su cosecha, no pueden actuar todos en conexión o en subordinación los unos con los otros. No, no pueden tener familiaridad unos con otros ni siquiera ser conocidos por los demás. Muchos estarán necesariamente en lugares diferentes de la cosecha, tan lejos de poder tener intercambio que serán absolutamente extraños entre sí, tal como si vivieran en épocas diversas. Y con respecto a cualquiera que nos es desconocido podemos decir: «No nos sigue».
Un segundo significado de esta expresión puede ser: «No es de nuestro partido.» Por mucho tiempo ha sido objeto de consideración melancólica por parte de todos los que oran por la paz de Jerusalén que tantos partidos diversos subsistan todavía entre quienes se consideran cristianos. Esto ha podido observarse particularmente entre nuestros compatriotas, que se han dividido permanentemente acerca de puntos sin importancia, y que muchas veces no conciernen a la religión. Las circunstancias más triviales han dado lugar al surgimiento de partidos diferentes, los cuales han continuado por muchas generaciones. Cada uno de estos estaría dispuesto a objetar al que está del otro lado diciendo: «No nos sigue».
Esta expresión puede significar, en tercer lugar: «Difiere de nosotros en cuanto a opiniones religiosas.»
 Hubo una época cuando todos los cristianos eran de un solo sentir y de un solo corazón. Tan grande gracia vino sobre ellos cuando fueron llenos por primera vez del Espíritu Santo. ¡Mas cuán breve fue el lapso en que continuó esta bendición! ¡Cuán pronto se perdió esa unanimidad, y la diferencia de opinión surgió nuevamente, aun en la iglesia de Cristo! Y ello no entre cristianos nominales, sino verdaderos. Más aún, entre sus jefes, los apóstoles.
 ….
 Una consecuencia probable de esto es que cuando vemos a alguien que «echa fuera demonios» será alguien que «no nos sigue», que no es de nuestra opinión. Apenas podemos imaginar que sea de nuestra opinión en todos los asuntos, menos aún en cuanto a religión. Probablemente piense de modo diferente a 24 Cf. Hch. 4.32. nosotros en varios temas de importancia, tales como la naturaleza y el empleo de la ley moral, los decretos eternos de Dios, la suficiencia y eficacia de su gracia, y la perseverancia de sus hijos.
Puede diferir de nosotros, en cuarto lugar, no sólo en opiniones, sino también en algunos aspectos prácticos.
 Puede ser que no apruebe la manera de adorar a Dios que se practica en nuestra congregación y que considere como más provechosa para su alma aquella que surgió con Calvino o con Martín Lutero. Puede tener muchas objeciones a esa liturgia que aprobamos más que a todas las otras, muchas dudas con respecto a la forma de gobierno eclesiástico que estimamos tanto apostólica como escritural. Quizás puede ir todavía más lejos que nosotros: puede, a partir de un principio de conciencia, abstenerse de varias de aquellas que consideramos ser ordenanzas de Cristo. O si ambos concordamos que son ordenadas por Dios, puede aún quedar una diferencia entre nosotros ya sea en cuanto a la manera de administrar esas ordenanzas o en cuanto a las personas a quienes deben ser administradas. Ahora bien, la consecuencia inevitable de cualquiera de esas diferencias será que quien de tal manera difiere de nosotros debe separarse con respecto a dichos puntos de nuestra sociedad.
En este sentido, por tanto, «no nos sigue»; no es, como solemos decir, «de nuestra iglesia».
Pero en un sentido mucho más enérgico, «no nos sigue» implica no solamente que es de una iglesia diferente, sino de una iglesia a la cual consideramos como antibíblica y anticristiana, una iglesia que consideramos como totalmente falsa y errónea en sus doctrinas, así como peligrosamente errada en su práctica, culpable de burda superstición y de idolatría; una iglesia que ha agregado muchos artículos a la fe que ha sido una vez dada a los santos; que ha abandonado por completo uno de los mandamientos de Dios y ha anulado varios de los restantes mediante sus tradiciones; y que pretendiendo mantener la más alta veneración por la iglesia antigua y la más estricta conformidad a ella, sin embargo ha introducido innumerables innovaciones sin ninguna autorización ni de la antigüedad ni de las Escrituras.
Con plena certidumbre, «no nos sigue» aquel que está a tan gran distancia de nosotros.
Y, sin embargo, aún puede haber una diferencia más amplia que esta. Quien difiere de nosotros en el juicio y en la práctica puede hallarse a mayor distancia nuestra en el afecto que en el juicio. Y esto es, por cierto, un efecto muy común y muy natural de lo otro. Las diferencias que comienzan como asuntos de opinión rara vez terminan allí.
 Generalmente se extienden a los afectos y entonces separan a los grandes amigos. No hay animosidades tan profundas e irreconciliables como las que surgen del desacuerdo en materia de religión. Por esta causa, los peores enemigos del hombre serán los de su casa. Por esta causa el padre se levantará contra sus propios hijos, y los hijos se levantarán contra los padres; y quizás se persigan a muerte unos a otros, pensando en todo momento que prestan un servicio a Dios. Por lo tanto, no es más de lo que podemos esperar si aquellos que difieren de nosotros tanto en opiniones como
 en prácticas religiosas contraen muy pronto dureza y hasta amargura contra nosotros; y si aumentan sus prejuicios hasta concebir una opinión tan mala de nuestras personas como de nuestros principios. Una consecuencia casi necesaria de esto será que hablarán acerca de nosotros tal cual piensan. Se colocarán en oposición a nosotros, y en cuanto sean capaces impedirán nuestra obra, puesto que no la consideran como obra de Dios, sino del hombre o del Diablo. El que piensa, habla y actúa de esta manera, en el más pleno sentido, «no nos sigue».

La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

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