Extracto de los Diarios de Juan Wesley

DIARIO | Año 2 N° 18
La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.
 De su Diario extraemos:
“Jueves 4 de julio de 1745.
Viajé a Falmouth. Alrededor de las tres de la tarde fui a ver a una dama que había estado enferma por mucho tiempo. Casi tan pronto como me senté la casa fue rodeada por todos lados por una innumerable multitud de gente. Un ruido más fuerte y más confuso como a duras penas lo hubiera hecho la toma por asalto de una ciudad.
Al principio la Sra. B. y su hija se esforzaron por tranquilizarlos. Pero fue trabajo perdido. Más fácilmente hubieran podido intentar acallar la braveza del mar. A la postre escaparon y se contentaron con dejarnos a K.E. y a mí para arreglárnoslas lo mejor que pudiéramos. El populacho gritaba a voz en cuello: «¡Saquen a los canorum!
 ¿Dónde están los canorum?» (Esta es una palabra sin significado que los de Cornwall generalmente usan en vez de «metodistas».)
Al no tener respuesta, rápidamente forzaron la puerta principal y llenaron el pasillo. Solamente una división de madera estaba entre nosotros, la que parecía que no resistiría por mucho tiempo. Inmediatamente bajé un gran espejo que colgaba contra la división, al suponer que todo ese lado se derrumbaría de una sola vez. Cuando comenzaron el trabajo con abundancia de amargas maldiciones, la pobre Kitty estaba completamente impresionada y gritó: «Ay, señor, ¿que debemos hacer?» Le dije: «Debemos orar». A la verdad, en aquel momento tal parecía que nuestras vidas no valían una hora de compras.
Ella preguntó: «Pero, señor, ¿no es mejor que se esconda? ¿Que se meta en el armario?» Le respondí: «No, lo mejor para mí es pararme justamente donde estoy.» Entre los que estaban afuera estaban las tripulaciones marineros de unos buques corsarios que poco antes habían llegado a la bahía.
 Algunos de ellos, molestos por la lentitud del resto, les empujaron y entraron todos juntos, presionando sus hombros contra la puerta interior y gritando, «¡Fuerte, muchachos, fuerte!» Todas las bisagras saltaron a una vez y la puerta cayó dentro del cuarto. En seguida me puse en medio de ellos y dije: «Aquí estoy. ¿Quién de ustedes tiene algo que decirme? ¿A quién de ustedes le he hecho algún daño? ¿A ti? ¿O a ti? ¿O a ti?» Continué hablando hasta que llegué, sin sombrero como estaba (ya que a propósito había dejado mi sombrero, para que ellos pudieran verme la cara) al medio de la calle y entonces alzando la voz, dije, «¡Vecinos, compatriotas! ¿Desean oírme hablar?»
Ellos gritaron con vehemencia, «Sí, sí. Debe hablar. Que hable.
 Nadie debe impedírselo.» Mas no teniendo nada en que pararme y sin la ventaja del terreno, podía ser escuchado solamente por unos pocos. Sin embargo, hablé sin descanso y tan lejos como llegó mi voz, la gente estuvo quieta, hasta que uno o dos de sus capitanes se dieron media vuelta y juraron que ningún hombre me tocaría. El Sr. Thomas, un clérigo, se acercó y preguntó: «¿No les da vergüenza tratar a un extraño así?» Pronto estuvo apoyado por dos o tres caballeros del pueblo y uno de los regidores, con quien había caminado por el pueblo, hablando todo el tiempo, hasta que llegamos a la casa de la Sra. Maddern. Los caballeros propusieron mandar a buscar por mi caballo hasta la puerta y desearon que ingresara a la casa y que descansara mientras tanto. Mas pensándolo dos veces juzgaron que no era aconsejable dejarme salir entre la gente otra vez. Así que decidieron enviar a mi caballo adelante a Penryn y enviarme por agua allá, ya que el mar pasaba por la puerta de atrás de la casa donde estábamos.
Nunca antes había visto, no, ni siquiera en Walsall, la mano de Dios tan claramente manifestada como aquí. Allá tuve muchos compañeros que estaban prestos a morir conmigo; aquí ningún amigo, sólo una sencilla niña, quien en todo caso fue separada de mí en un instante, tan pronto como salió de la puerta de la casa de la Sra. B.
Allí recibí algunos golpes, perdí parte de mis ropas y estaba cubierto de tierra. Aquí, aunque las manos de quizás algunos cientos de personas se levantaron para golpear o arrojar, no obstante todos fueron detenidos a medio camino, de tal manera que nadie me tocó siquiera con un dedo. Nada tampoco fue arrojado de principio a fin, así que no tuve ni una sola mancha en mis ropas. ¿Quién puede negar que Dios escucha la oración? ¿O que tiene todo poder en el cielo y la tierra?

La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

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2 thoughts on “Extracto de los Diarios de Juan Wesley

  1. El presente Extracto de los Diarios de Juan Wesley nos enseña que a la violencia hay que tratarla con oración. La oración aquieta a la violencia y Dios nos protege a fin de que nuestra conducta se manifieste con amor.

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