Extracto de los Sermones de Juan Wesley

SERMONES | Año 3 N°2

La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.
De su Sermón “Sobre el sermón del Señor en la montaña” [Discurso 3]” extraemos:
Mateo 5:8-12
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos
verán a Dios.
Bienaventurados los pacificadores, porque ellos
serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por
causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados sois cuando os vituperen y os
persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros,
mintiendo.
Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es
grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas
que fueron antes de vosotros.
¡Qué cosas excelentes se dicen del amor a nuestro prójimo! Es el cumplimiento de la ley,y el fin del mandamiento. Sin esto, todo lo que tenemos, todo lo que hacemos, todo lo que sufrimos, de nada vale en la presencia de Dios. Pero se trata del amor a nuestro prójimo que nace del amor de Dios. De otra manera, por sí mismo, no vale nada. Importa, pues, que examinemos bien la base sobre la que descansa el amor a nuestro prójimo: si realmente está edificado sobre el amor de Dios; si lo amamos porque él nos amó primero; si somos «limpios de corazón». Pues ésta es la base que nunca será removida: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.»
Los de «limpio corazón» son aquellos cuyos corazones Dios ha purificado así como él es puro; que están purificados de todo afecto impuro por medio de la fe en la sangre de Jesús; quienes están limpios de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el amoroso temor de Dios. Los que, por medio del poder de su gracia, están purificados del orgullo por la más completa pobreza de espíritu; de la ira, de toda pasión cruel y turbulenta, por la mansedumbre y la amabilidad; de todo deseo, excepto el de agradar a y gozar de Dios, conocerlo y amarlo más y más, por aquella hambre y sed de justicia que ahora absorbe toda su alma. Así que ahora aman al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su alma, y con toda su mente y con todas sus fuerzas.
…..
Tal es la pureza de corazón que Dios exige y la obra de los que creen en el Hijo de su amor.
«Bienaventurados» los que de esta manera son «limpios de corazón; porque ellos verán a Dios. El se manifestará a ellos, no sólo como no se manifiesta al mundo, sino como no se manifiesta siempre a sus criaturas. Los bendecirá con las expresiones más claras de su Espíritu, la más íntima comunión con el Padre y con el Hijo. Hará que su presencia vaya siempre delante de ellos y que la luz de su rostro los ilumine. La incesante oración de su corazón es: «Te ruego que me muestres tu gloria», y obtienen la petición que le hacen.

Los de limpio corazón ven a Dios….ven a Dios de una manera más especial en sus ordenanzas. Ya sea que se presenten en la gran congregación para darle la honra debida a su nombre y adorarle en la hermosura de la santidad; o entren en sus aposentos y allí abran sus almas delante de su Padre que está en secreto. Sea que escudriñen los oráculos de Dios, sea que escuchen a los embajadores de Cristo que proclaman las buenas nuevas de salvación. Sea que comiendo de aquel pan o bebiendo de aquella copa anuncien su muerte hasta que él venga en las nubes del cielo. En todas estas sus ordenanzas encuentran una cercanía tal que no puede ser expresada. Lo ven, como quien dice, cara a cara, y hablan con él como habla cualquiera a su compañero -una adecuada preparación para aquellas mansiones de arriba donde lo verán tal como él es.

Hasta aquí nuestro Señor se ha empeñado más en enseñar la religión del corazón. Ha demostrado lo que deben ser los cristianos y procede a enseñar también lo que deben hacer: cómo la santidad interior debe ejercitarse en nuestra conversación exterior. «Bienaventurados», dice, «los pacificadores; porque ellos serán llamados hijos de Dios»
«Los pacificadores»–la palabra en el original es oi eireenopoioí. Es bien sabido que eireénee en la Sagrada Escritura significa toda clase de bien–toda bendición que se refiera al alma o al cuerpo, al tiempo o a la eternidad. Por consiguiente, cuando San Pablo al principio de sus epístolas desea «gracia y paz» a los romanos o a los corintios es como si dijera: «Gocen–como fruto del libre e inmerecido amor y favor de Dios–todas las bendiciones, espirituales y temporales, todas las buenas cosas que Dios ha preparado para aquellos que le aman».
De lo que fácilmente podemos captar en qué amplio sentido el término «pacificadores» debe ser comprendido. En su sentido literal se refiere a aquellos que amando a Dios y al ser humano detestan y aborrecen profundamente toda clase de disputas y controversias, de desacuerdos y contiendas; por consiguiente trabajan con todas sus fuerzas para prevenir que se encienda este fuego del infierno, o cuando se ha encendido que no se esparza, o cuando ha estallado que no se extienda más. Se esfuerzan por calmar el espíritu pendenciero de las personas y si fuera posible reconciliar unos con otros. Usan toda clase de artes honestas y empeñan todas sus fuerzas, todos los talentos que Dios les ha dado, tanto para preservar la paz donde la hay como para restaurarla donde no existe. El gozo de su corazón es promover, confirmar e incrementar la buena voluntad entre las personas y especialmente entre los hijos de Dios, por más que se diferencien en cosas de poca importancia. Para que así como todos tienen un Señor, una fe, así como todos son llamados en una misma esperanza de su vocación, de la misma manera que todos puedan andar como es digno de la vocación con que fueron llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
Mas, en el pleno sentido de la palabra, los «pacificadores» son personas que donde se presenta la seres humanos, sino recordando a aquel que dijo: «En cuanto lo hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.»
¡Cuánto más se regocijan cuando pueden hacer el bien al alma de algún humano! Este poder, en verdad, pertenece a Dios. El es el único que puede cambiar el corazón, sin el cual otro cambio es más liviano que la vanidad. No obstante, aquel que hace todas las cosas en todo, se complace en ayudar al ser humano por medio del ser humano; en comunicar su propio poder, bendición y amor por medio de una persona a todos los seres humanos.
Por tanto, si bien es cierto que la ayuda que se hace sobre la tierra es Dios mismo quien la realiza, no hay necesidad de que ningún ser humano esté ocioso en su viña.
Los pacificadores no pueden estarlo: siempre están trabajando en ella y, como instrumentos en manos de Dios, preparando el terreno para el uso de su Maestro, o sembrando la semilla del reino, o regando lo que ya está sembrado, si por fortuna Dios quiere darle el crecimiento.
Según la medida de gracia que han recibido, usan toda diligencia ya en reprender al pecador impenitente, ya en reformar a aquellos que corren precipitadamente sobre el amplio camino de la destrucción, o para dar luz a los que habitan en tinieblas, y están listos a perecer por falta de conocimiento; o para sostener a los débiles, para levantar las manos caídas y las rodillas paralizadas; o restaurar y sanar aquel que fuera cojo que no se salga del campo.
….
«Bienaventurados» son los que continuamente se ocupan así en las obras de fe y en las tareas de amor; «porque ellos serán llamados»–es decir «serán» (un hebraísmo muy común)–«hijos de Dios.» Dios les proveerá con el Espíritu de adopción; sin duda, lo derramará muy abundantemente en sus corazones. Los bendecirá con todas las bendiciones de sus hijos. Los reconocerá como hijos ante los ángeles y los seres humanos; y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.
….
Pero nuestro Señor conocía mejor la naturaleza humana en su estado actual. Por lo tanto, concluye la descripción del carácter de estas personas de Dios, mostrando el tratamiento que las mismas deberían esperar en el mundo. «Bienaventurados, dijo, «los que padecen
persecución por la causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.»
……
Señor: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo …por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán».
De todos estos pasajes de la Escritura aparece de manera manifiesta quiénes son los perseguidos, a saber los justos: los que son nacidos del Espíritu; todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús; los que han pasado de muerte a vida»; los que no son del mundo; todos los que son mansos y humildes de corazón; los que claman por Dios, que tienen hambre de su semejanza; todos los que aman a Dios y a su prójimo, y por consiguiente hacen el bien a todas las personas según tengan la oportunidad.
……
Mas la persecución que alcanza a todos los hijos de Dios es la que nuestro Señor describe en las siguientes palabras: «Bienaventurados sois, cuando por mi causa os vituperen y os persigan», cuando les persigan vituperándolos, «y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.» Esto no puede fallar: es la señal de nuestro discipulado, es uno de los sellos de nuestro llamado. Es una herencia impuesta a todos los hijos de Dios; si no la tenemos somos bastardos y no hijos.
La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.
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