Extracto de las Obras de Juan Wesley

OBRAS | Año 3 N° 4

La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.

De su Obra “Un nuevo llamado a personas razonables y religiosas. Parte I ” extraemos:

En un tratado anterior* declaré, de la manera más sencilla que pude, mis principios y prácticas, y respondí a algunas de las objeciones más frecuentes e importantes a dichos principios y prácticas. Pero tengo que salvar mi alma. Todavía falta que responda a otras objeciones, especialmente las que vienen de los que se consideran religiosos y razonables.

Estas objeciones se relacionan en parte con las doctrinas que enseño, en parte con la manera cómo las enseño, y en parte con los efectos que se supone resultan de enseñar dichas doctrinas de esa manera.

Primero mencionaré cuáles son estas doctrinas, para luego considerar las objeciones en su contra. Pues bien, todo lo que enseño tiene que ver con la naturaleza y condición de la justificación, la naturaleza y condición de la salvación, la naturaleza de la fe que salva y justifica, o sea sobre el Autor de la fe y de la salvación.

Primero, la naturaleza de la justificación. A veces significa nuestra absolución en el día final. Pero en este la que hablan nuestros Artículos y Homilías, que tiene que ver con el perdón presente, el perdón de los pecados. Y, por consiguiente, el ser aceptos delante de Dios, quien de esta manera nos declara su justicia o misericordia, por y para la remisión de los pecados pasados», y nos dice: seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades. Y creo que la condición para esta justificación es la fe.

Es decir, que no sólo no podemos ser justificados sin fe, sino que cuando alguien tiene fe es justificado en ese mismo momento.

Las buenas obras son consecuencia de esta fe, pero no la preceden. Y mucho menos puede precederla la santificación, que implica el flujo continuo de buenas obras que manan de la santidad del corazón. Eso sí, la santificación entera irá delante de nuestra justificación en el último día.

También se admite, antes de la fe, el arrepentimiento y los frutos dignos de arrepentimiento.

Ciertamente, el arrepentimiento debe preceder a la fe; y los frutos dignos de arrepentimiento, si hay la oportunidad. Por arrepentimiento entiendo la convicción de pecado que produce deseos genuinos y resoluciones sinceras de enmienda. Y por «frutos dignos de arrepentimiento», el perdonar al hermano, dejar de hacer el mal y hacer el bien, usar de las ordenanzas de Dios, y, en general, obedecer al Señor de acuerdo a la medida de gracia que hayamos recibido. Pero a todo esto no puedo llamarlo «buenas obras» porque no surgen de la fe y del amor de Dios.

Por salvación quiero decir, no sólo librarse del infierno e ir al cielo, como vulgarmente se entiende, sino la liberación presente del pecado, una restauración del alma a su estado primitivo de salud, su pureza original. La salvación es una recuperación de nuestra naturaleza divina; la renovación de nuestra alma a la imagen de Dios, en integridad y verdadera santidad, en justicia, misericordia y verdad. Esto implica recuperar las disposiciones celestiales y santas, y en consecuencia la santidad en nuestra manera de vivir.

Ahora bien, si por salvación entendemos una salvación presente del pecado, no podemos decir que la santidad sea la condición para ella ¡porque la santidad es la salvación misma! En este sentido, la santidad y la salvación son sinónimos. Por lo tanto, debemos decir somos salvos por medio de la fe. La fe es la única condición para la salvación. Sin fe no podemos ser salvos, pero quien cree ya es salvo.

Sin fe, reiteramos, no podemos ser salvos. Porque no podemos servir a Dios a no ser que le amemos. Y no podemos amarle a no ser que le conozcamos, y no podemos conocerle a no ser por medio de la fe. Por lo tanto, la salvación por la fe no es otra cosa que el amor de Dios gracias al conocimiento de Dios, o la recuperación de la imagen de Dios por medio de una verdadera relación con Dios.

…..

Por consiguiente, toda persona, para poder creer para salvación, tiene que recibir el Espíritu Santo. Esto es esencialmente necesario para todo cristiano.

No tanto para ser objeto de sus milagros, como para recibir los frutos ordinarios del Espíritu: la fe, la paz, el gozo y el amor.

Aunque nadie en la tierra puede explicar el modo particular de obrar del Espíritu de Dios en el alma, cualquiera que tiene estos frutos siente que Dios los ha obrado en su corazón.

*”Un llamado ferviente a personas razonables y religiosas

La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

 

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