Extracto de las Obras de Juan Wesley

OBRAS | Año 3 N° 5

La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.

De su Obra “Un nuevo llamado a personas razonables y religiosas. Parte II” extraemos:

No es mi intención actual referirme a opiniones, sean buenas o malas. Ni a pequeños puntos de vista sobre cuestiones de práctica que sostienen personas de diferentes persuasiones. En primer lugar, voy a referirme a principios comunes desaprobados por personas de todas las denominaciones pero que en la práctica se encuentran en todas ellas. Y en segundo lugar, a ciertas prácticas que en cada denominación son más particularmente inconsistentes con sus propios principios.

Para empezar, aparte de cualquier tipo de opinión o de diferencias sobre cuestiones prácticas discutibles, voy a mencionar, tal como me vienen a la mente, ciertos principios comunes, que son desaprobados, pero que se encuentran, más o menos, en personas de todas las denominaciones.

No obstante, antes de entrar en esta penosa tarea, les ruego, hermanos, por las misericordias de Dios, por cualquier amor que tengan a Dios, a su país y a sus hermanos, o se fijen en quien habla sino en lo que se dice.

Si es posible, por una hora dejen a un lado sus prejuicios y escuchen con atención a lo que se propone. En cada acápite, pregúntense: ¿es verdadero o falso? ¿es razonable o no? Y si me preguntan «¿a juicio de quién?». Yo contesto: a juicio de ustedes. Apelo a la luz de su propia mente. En esto cada uno debe afirmarse: no puede ser juzgado por la conciencia de otro. Juzga por ti mismo con la mejor luz que tengas. ¡Y que el Dios misericordioso nos enseñe, a mí y a ti, lo que no conocemos!

Ahora bien, al hablar a quienes creen en las Escrituras, propongo el siguiente método: primero, observar qué se dice de los judíos, la antigua iglesia de Dios, puesto que todas estas cosas fueron escritas para nuestra instrucción, para quienes decimos que somos ahora la iglesia visible del Dios de Israel. Segundo, apelar a todos los que profesan ser sus miembros, a todos los que se llaman cristianos, para ver hasta dónde existe un paralelo, y en qué medida nosotros somos mejores que ellos.

Primero voy a observar qué dicen las Escrituras de los judíos, la antigua iglesia de Dios. Quiero decir, con respecto a su carácter moral, su actitud y su conducta exterior. Tan pronto como fueron sacados de Egipto, les encontramos murmurando contra Dios. Y de nuevo lo hacen, cuando acababa de hacerles cruzar el Mar Rojo, con mano fuerte y brazo extendido. Y otra vez más, inmediatamente después, en el desierto de Sin: «vuestras murmuraciones», dijo Moisés, «no son contra nosotros, sino contra el Señor». Más aun: mientras les daba pan del cielo, continuaban murmurando y tentando a Dios.

Sorprendentemente, en tales circunstancias sus palabras eran: «¿Está el Señor entre nosotros o no?»

Este mismo espíritu mostraron durante todos los cuarenta años en que los soportó en el desierto.1 De esto es un solemne testimonio el que Moisés haya hablado a los oídos de toda la congregación de Israel, cuando Dios estaba a punto de sacarles a su líder: «La corrupción no es suya; de sus hijos es la mancha, generación torcida y perversa… el Señor lo trajo alrededor, lo instruyó, lo guardó como a la niña de sus ojos». Lo hizo subir sobre las alturas de la tierra, y comió los frutos del campo…

Entonces olvidó al Dios que lo hizo, y menospreció la Roca de su salvación.

…..

Pero ellos invocaron su nombre con vanos juramentos, por perjurio y blasfemia. Así lo dice Jeremías: «A causa de sus juramentos la tierra está de duelo.» «Aunque digan: Vive Jehová, juran falsamente.» Así también Oseas: «Han hablado palabras, jurando en vano al hacer pacto.» Y Ezequiel: «Porque dicen ellos: No nos ve Jehová, Jehová ha abandonado la tierra.» E Isaías: «la lengua de ellos y sus obras han sido contra Jehová para irritar los ojos de su majestad.» «Los cuales dicen: ¡Venga ya, apresúrese su obra, y veamos; acérquese, y venga el consejo del Santo de Israel, para que lo a Jehová con vuestras palabras… Y decís: cualquiera que hace mal agrada a Jehová y en los tales se complace; o si no, ¿dónde está el Dios de justicia?.»

…..

¿No se quejaba Dios de los judíos: desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis? Y con cuanta justicia podría quejarse igualmente de nosotros, ya que es tan pequeña la proporción de los cristianos que se acuerdan de sus mandamientos para cumplirlos. ¿Llegarán a un tercio de los habitantes de una parroquia en esta gran ciudad, los que asisten constantemente a la oración pública y al ministerio de su Palabra, como cuestión de conciencia delante de Dios? ¿Los que participan debidamente de la Cena del Señor, llegarán a un décimo del total de los que creen que es una institución de Cristo? ¿Llegará al 2% de los miembros nominales de la Iglesia de Inglaterra el número de los que observan los ayunos de la Iglesia, o los cuarenta días de cuaresma, o todos los viernes del año?

Es más, ¿cuántos miles se encontrarían entre nosotros que jamás participaron de la Cena del Señor?

¿Cuántos miles viven y mueren en esta desobediencia sin arrepentimiento? ¡Qué multitud enorme, en esta misma ciudad cristiana, que no asiste a ningún culto! ¿Y los que no dedican un solo momento cada año para derramar su corazón delante de Dios? No les importa si Dios sale al encuentro de los que se acuerdan de él en sus caminos; comen y beben, y mueren lo mismo que una bestia. «Se dejan caer en la oscuridad y desaparecen». Por lo tanto, no fue sólo de los hijos de Israel que el mensajero de Dios pudo decir: «Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti».

Ustedes han oído que fue dicho de los antiguos: por causa de la maldición la tierra está de duelo. Si esto pudo decirse de la tierra de Canaán, ¿cuánto más podría decirse de nuestra tierra? ¿En qué ciudad o pueblo, en qué mercado o banco, en qué calle o lugar público, no es tomado en vano día tras día el nombre santo por el cual somos llamados?

Del noble al campesino, ninguno deja de maldecir de una u otra manera. A dondequiera que nos volvamos, a dondequiera que vayamos tenemos que oír a alguien maldiciendo de su prójimo o de sí mismo. ¡Sin temor ni remordimiento, maldicen a quienes han sido llamados por Cristo para heredar una bendición!

 

 

 

La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

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