Extracto de las Obras de Juan Wesley

OBRAS | Año 3 N° 6

La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.

De su Obra “Un nuevo llamado a personas razonables y religiosas. Parte III” extraemos:

“Ahora bien, ¿qué puede pensar una persona imparcial sobre el presente estado de la religión en Inglaterra? ¿Hay alguna otra nación bajo el sol que haya caído tan profundamente en relación con los principios fundamentales de toda religión? ¿Dónde está el país en el cual se encuentre tal despreocupación en cuanto a la moralidad, aun la que es propia de los paganos? ¿Dónde se encuentra un desprecio tal de la justicia, de la verdad, y de todo lo que sea apreciado y honorable por seres racionales?

….

«Sin embargo, tenemos todavía muchos miles depersonas verdaderamente virtuosas y religiosas». ¿En qué consiste su religión? ¿En justicia y verdadera santidad? ¿En un amor más fuerte que la muerte? ¿En ferviente gratitud a Dios? ¿En tierno afecto a todas las criaturas? ¿Es su religión la religión del corazón? ¿Una renovación del corazón a la imagen de Dios? ¿Reflejan al Dios que adoran? ¿Están libres de vanidad, ambición, avaricia, pasión y lujuria, y de toda actitud ríspida o no amable? ¡Ay! Me temo que ni ellos, ni la mayor parte de ellos, ni ustedes, conocen lo que esta religión significa.

……

Y ¿qué otra cosa puede decirse también de la oración, pública o privada, en la forma que ustedes generalmente la practican, como una cosa rutinaria, dando vueltas y vueltas en el mismo trillo aburrido, sin conocimiento o amor de Dios, sin un sentimiento celestial, logrado o mejorado? ¡Qué burla de Dios es todo esto!

Sin embargo, esta religión que no les hace ningún bien puede hacerles mucho daño. Por supuesto, es claro que les hace daño: aumenta diariamente su orgullo, al medir su bondad por el número y duración de sus prácticas. Y sienten un menosprecio profundo por todos aquéllos que no están altura de sus virtudes. Inspira en la gente un celo que es el fuego mismo del infierno: furioso, amargo, implacable, inmisericorde. Y esto hasta un grado tal que a menudo extingue toda compasión, toda amabilidad, todo sentimiento de humanidad. Y mucho más cuando esta ferocidad de espíritu, que es el producto natural de esa religión, y a pesar de sus vínculos humanos y divinos, explota en abierta violencia, rapiña, asesinato, sedición, rebelión, guerra civil, hasta producir desolación de ciudades y países. Tantum haec religio potuit suadere malorum! *

….

Justo en este tiempo, cuando nos faltaba poco para llenar la medida de nuestras iniquidades, dos o tres clérigos de la Iglesia de Inglaterra comenzaron a llamar pecadores al arrepentimiento. En dos o tres años hicieron sonar la alarma hasta los confines del país. Muchos miles se reunieron en torno a ellos para escucharles, y en cada lugar a donde iban muchos empezaron a expresar interés en la religión como nunca antes. Se imprimió con más fuerza en sus mentes la importancia de las cosas eternas, y tuvieron un ferviente deseo de servir a Dios como jamás lo tuvieron desde su primera infancia. De esta manera Dios comenzó a atraerles con cuerdas de amor, con cuerdas humanas.

En corto tiempo, muchos tuvieron una profunda convicción de lo odioso de sus pecados. Y tomaron conciencia de las actitudes que son justamente odiosas para Dios y los demás, así como de su ignorancia de Dios y su total incapacidad para conocerle, amarle o servirle. Al mismo tiempo, vieron con toda claridad la insignificancia de su religión exterior. Es más, a menudo lo confesaban delante de Dios como la hipocresía más abominable. Y así se adentraban cada vez más hondo en aquel arrepentimiento que precede a la fe en el Hijo de Dios.

Y de aquí surgieron los frutos dignos de arrepentimiento.

El borracho comenzó a ser sobrio moderado. El mujeriego se abstuvo del adulterio y la fornicación, el injusto de la opresión y la injusticia. El ocioso comenzó a trabajar con sus manos para comer su propio pan. El mezquino aprendió a compartir su pan con el hambriento, y a vestir al desnudo. En verdad toda su vida fue cambiando. Dejaron de hacer el mal y aprendieron a hacer el bien.

Pero esto no fue todo. Por encima y más allá de estos cambios exteriores, comenzaron a experimentar la religión interior. El amor de Dios fue derramado en sus corazones, el cual siguen disfrutando hasta hoy. Le amaron a él porque él nos amó primero, y no nos escatimó a su propio Hijo, su unigénito Hijo. Y este amor les constriñe para amar a toda la humanidad, a todos los hijos de nuestro Padre en los cielos y en la tierra, inspirándoles todo sentimiento santo y celestial, todo el sentir que hubo en Cristo Jesús. Por eso es que ellos ahora son constantes en su conducta, intachables en toda su manera de vivir. Y en cualquier circunstancia en que estén han aprendido a estar contentos. Y de tal manera que ahora dan gracias en todo. No sólo se conforman, se regocijan y desbordan de alegría en todas las dispensaciones de Dios hacia ellos. Porque en la medida en que aman a Dios (un amor que nadie les puede quitar) están siempre felices en Dios. Por lo tanto caminan serenamente en la vida, sin cansarse y sin desmayar en su corazón, jamás quejándose, murmurando o insatisfechos, echando su solicitud sobre Dios, hasta que llegue la hora cuando dejarán caer esta envoltura de tierra y retornen al gran Padre de los espíritus. Especialmente entonces será cuando se alegrarán con gozo inefable y glorioso.

Ustedes, los que no dan crédito a esto, vengan y vean.

…..

Ningún énfasis se ha puesto en cosas como necesarias para la salvación sino lo que innegablemente está en la Palabra de Dios. Y todas las cosas que se han dicho, han sido en proporción a su relación con lo que constituye la suma de todo: el amor a Dios y a nuestro prójimo. Así de pura y bíblica es la religión que se ha esparcido recientemente en nuestra nación.

Esta religión, además de bíblica, es también racional. Están tan libre de entusiasmo como de superstición. Cierto que se ha afirmado lo contrario. Pero una cosa es afirmar y otra es probar. ¿Quién puede probar que amar a Dios es entusiasmo? ¿Es entusiasmo amarle con todo el corazón? ¿Regocijarse en sentir su amor por nosotros? ¿Alabarle con todas nuestras fuerzas? ¿Quién se atrevería a acusar de entusiasmo al amor por toda la humanidad?

 

*”Tanto daño produce esta religión” | Lucrecio | De las naturaleza de las cosas

 

La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

 

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