Extractos de los Sermones de Juan Wesley

SERMONES | Año 3 N° 6

 De su Sermón “Sobre el sermón del Señor en la montaña” [Discurso 5] extraemos:

Mateo 5:17-20

No penséis que he venido para abrogar la ley o los

profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.

Porque de cierto os digo que hasta que pasen el

cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley,

hasta que todo se haya cumplido.

De manera que cualquiera que quebrante uno de

estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los

hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los

cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será

llamado grande en el reino de los cielos.

Porque os digo que si vuestra justicia no fuere

mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el

reino de los cielos.

“Entre la multitud de reproches que cayeron sobre aquel que fue despreciado y desechado entre los hombres, no pudo faltar el de que era un maestro de novedades, el introductor de una nueva religión. Esto pudo afirmarse con tanta más apariencia de verdad, cuanto que muchas de las expresiones que usara no eran comunes entre los judíos, sea que no las usaban nunca o si lo hacían no era con el mismo sentido, ni con tanta fuerza o plenitud de sentido. Añádase a esto el hecho de que el adorar a Dios en espíritu y en verdad, debe parecer siempre una nueva religión a los que no conocen otra adoración sino la exterior, sólo la apariencia de piedad.

No es improbable que algunos hayan tenido esperanzas de que así fuese –de que estaban aboliendo la religión antigua para introducir otra, una de la que se alegrarían que fuese una vía más fácil para entrar al cielo.

Pero nuestro Señor refuta con estas palabras, tanto las vanas esperanzas de unos, como las calumnias infundadas de otros.

….

«No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir».

Nuestro Señor, a la verdad, vino a destruir, a disolver y a abolir para siempre el ritual o la ley ceremonial dada por Moisés a los hijos de Israel, que contenía todos los preceptos y ordenanzas relativos a los antiguos sacrificios y al servicio del templo. Todos los apóstoles dan testimonio de esto. No sólo Bernabé y Pablo –quienes resistieron decididamente a los que enseñaban a los cristianos que es necesario que guarden la ley de Moisés. No sólo Pedro, quien calificó la insistencia tesonera en la observancia de la ley ritual como tentar «a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo, que ni nuestros padres ni nosotros», dijo, «hemos podido llevar». Sino que todos los apóstoles, y los ancianos y los hermanos, […] habiendo llegado a un acuerdo, declararon que el mandarles guardar esta ley era tanto como perturbar sus almas, y que había parecido bien al Espíritu Santo y a ellos no imponerles ninguna carga.

Nuestro Señor anuló el acta de los decretos que había contra nosotros […], quitándola de en medio y clavándola en la cruz.

…….

«No he venido para abrogar, sino para cumplir».

Algunos han creído que nuestro Señor quiso decir: He venido a cumplir esto, por medio de mi completa y perfecta obediencia. Y no cabe duda de que, en este sentido, cumplió con la ley en todas y cada una de sus partes. Pero eso no parece ser lo que quiere decir aquí, pues nada tiene que ver con el tema presente. Sin lugar a dudas lo que quiere decir (de acuerdo con lo que antecede y sigue) es: he venido a establecer la ley en toda su plenitud y a pesar de todas las interpretaciones de los seres humanos; he venido a sacar a la plena y clara luz todo lo que haya en ella de incierto y obscuro; he venido a declarar cuál sea el significado completo y verdadero de todas sus partes; a mostrar su largura y anchura, toda la extensión de cada uno de los mandamientos en ella contenidos, y la altura y la profundidad de la inconcebible pureza y espiritualidad de esa ley en todas sus partes.

…..

«Porque de cierto os digo»–introducción solemne que denota tanto la importancia como la certeza de lo que se dice–«que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido».

 «Una jota» – literalmente, ni una jota, la letra más insignificante; «una tilde», mía keraía, un ángulo o punto de una consonante. Es una expresión proverbial que significa que ningún mandamiento contenido en la ley moral, ni la mínima parte en cualquiera de ellos, por muy insignificante que al parecer fuere, debe anularse jamás.

…..

De todo esto podemos aprender que no existe ninguna contradicción entre la ley y el Evangelio; que no es necesario que perezca la ley para que se establezca el Evangelio. A la verdad, ni la primera suple al segundo, ni viceversa, sino que están unidos en perfecta armonía. Más aún, las mismas palabras consideradas bajo distintos aspectos son parte tanto de la ley como del Evangelio. Si se las considera como mandamientos, son parte de la ley; mas si como promesas, del Evangelio. Así, por ejemplo, «Amarás al Señor tu Dios, de todo corazón», considerado como un mandamiento, forma parte de la ley; considerado como una promesa, es una parte esencial del Evangelio, no siendo éste sino los mandamientos de la ley propuestos como promesas. En consecuencia, la pobreza del espíritu, la pureza del corazón, y todas las demás cosas que la ley santa de Dios manda, vistas bajo la luz del Evangelio, no son sino otras tantas grandes y preciosas promesas.

Por consiguiente, existe entre la ley y el Evangelio la relación más íntima que pueda concebirse. Por una parte, la ley prepara el camino constantemente, por decirlo así, y nos dirige hacia el Evangelio; por otra, el Evangelio nos guía contínuamente al cumplimiento más exacto de la ley. La ley, por ejemplo, nos manda amar a Dios y a nuestros prójimos; que seamos mansos, humildes y santos. Sentimos nuestra insuficiencia para hace estas cosas; más aún, que para los hombres esto es imposible. Pero escuchamos la promesa de Dios de darnos ese amor, de hacernos humildes, mansos y santos. Entonces nos acogemos a este Evangelio, a estas buenas nuevas: se nos concede según nuestra fe, y la justicia de la ley se cumple en nosotros por medio de la fe que es en Cristo Jesús.

….

En verdad, es imposible tener una opinión demasiado exaltada acerca de la fe de los escogidos de Dios, y debemos todos declarar: «Por gracia sois salvos por medio de la fe;… no por obras para que ninguno se gloríe». Debemos proclamar con fuerza a todo pecador arrepentido, «Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo».

Pero, al mismo tiempo, es de nuestro deber procurar que todas las personas sepan que no apreciamos otra fe, sino aquella que obra por el amor, y que no somos salvos por la fe sino en cuanto nos libra tanto del poder como de la culpa del pecado. Y cuando decimos: «Cree y serás salvo», no queremos dar a entender: «Cree y pasarás del pecado al cielo, sin la santidad que existe entre ambos estados, supliendo la fe el lugar de la santidad». Mas bien: cree y serás santo; cree en el Señor Jesús y tendrás juntamente paz y poder.

….

Porque así dice el Señor: «Os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y de los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos».

Los escribas, con tanta frecuencia mencionados en el Nuevo Testamento como los oponentes más porfiados y vehementes de nuestro Señor, no eran secretarios o personas que se ocupaban de escribientes, como el término parece indicar. Tampoco eran letrados, en la acepción común de ese término (aunque el término nomikoí se traduce en nuestra versión como los doctores de la ley). Su ocupación no se asemejaba en lo absoluto a la de los letrados de nuestros días. Estaban familiarizados con las leyes de Dios y no con las leyes humanas. Aquellas eran objeto de su estudio; su ocupación propia y especial era leer e interpretar la ley y los profetas, particularmente en las sinagogas. Eran los predicadores regulares y fijos entre los judíos, de manera que si tratásemos de rendir el sentido de la palabra en el original diríamos los teólogos, porque su profesión era el estudio de la teología, y eran generalmente –como su nombre lo indica– letrados, los hombres de más saber que entonces había en la nación judaica.

Los fariseos formaban una muy antigua secta o grupo de personas entre los judíos, así llamado originalmente de la palabra hebrea perush que significa «separar» o «dividir». Lo que no quiere decir que se hayan separado o dividido de la iglesia nacional, sino que se distinguían de los demás por su mayor severidad de vida, por su gran exactitud en la conversación. Porque eran muy celosos de la ley en sus mínimos puntos, pagaban diezmos en menta, anís y comino. Y por consiguiente, eran honrados por el pueblo y generalmente estimados como los más santos entre todos.

Muchos de los escribas pertenecían a la secta de los fariseos. El mismo Pablo, quien se educó para escriba, primero en la Universidad de Tarso, y después en la de Jerusalén a los pies de Gamaliel–uno de los escribas o doctores de la ley más sabios que había entonces en la nación–se declara ante el concilio, diciendo: «Yo soy fariseo, hijo de fariseo»; y ante el rey Agripa, «conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión, viví fariseo»….. En este pasaje parece que se les menciona juntamente como los profesores más eminentes de la religión: los primeros considerados como los más sabios y los últimos como los más santos.

….

Y sin embargo, nuestro Señor dice: «Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos»……

…un fariseo no era «como los otros hombres». En las cosas exteriores era especialmente bueno. ¿Lo somos nosotros? ¿Nos atrevemos a ser distintos, peculiares? ¿Acaso no preferimos ir con la corriente? ¿Muchas veces no dejamos de lado la religión y la razón juntamente, porque no queremos «aparecer singulares»? ¿No tenemos más estar fuera de moda, que del camino de salvación? ¿Tenemos valor para resistir la corriente? ¿Para ir en contra del mundo; para obedecer a Dios antes que a los hombres? De otra manera, el fariseo nos deja muy atrás desde los primeros pasos. Sería bueno que nos esforzáramos por alcanzarlo.”

 

 

La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

 

 

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