Extracto de las Obras de Juan Wesley

OBRAS | Año 3 N° 8

La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.

De su Obra “Pensamientos sobre los ministros del Evangelio” extraemos:

Frecuentemente oímos de la boca de ricos y pobres, sabios e ignorantes, lamentos por no tener un ministro del evangelio en su iglesia y verse obligados a buscar uno en su reunión. Muchos se regocijan por tener un ministro del evangelio y de que hay muchos en su vecindario. Mientras tanto, hablan con mucho desagrado, si no disgusto, de aquéllos que ellos dicen no son ministros del evangelio.

Pero es de temerse que muy pocos entienden lo que dicen. Muy pocos entienden lo que significa esta expresión. La mayoría de los que la usan tienen una idea cruda y confusa acerca de los ministros del evangelio, por lo que surgen muchos problemas y muchas almas son heridas.

Entonces, ¿Qué significa esta expresión? ¿Quién es un ministro del evangelio? Consideremos esta importante pregunta con calma y en el temor y la presencia de Dios.

No es cualquiera que predica los decretos eternos (aunque muchos suponen que esto es todo lo que se necesita), que habla mucho palabras acerca de la soberanía de Dios, de su libre y discriminadora gracia, del amor del Dios que elige, de la gracia irresistible y de la infalible perseverancia de los santos.

Una persona puede hablar de todo esto por una hora con todo su corazón y con toda la fuerza de sus pulmones y, sin embargo, no tener ningún derecho al título de ministro del evangelio.

No los que hablan larga y apasionadamente sobre la justicia y la sangre de Cristo. Que alguien hable sobre estos asuntos con todo entusiasmo y describa los sufrimientos de Cristo patéticamente; si se detiene allí, si no proclama el deber del creyente al mismo tiempo que los sufrimientos de Cristo, si no aplica todo esto a la conciencia de sus oyentes, nunca les guiará a la vida, aquí en la tierra o a la eterna en los cielos y, por lo tanto, no es un ministro del evangelio.

No cualquiera que trata acerca de las promesas de Dios sin referirse nunca al terror de la ley, que evita toda referencia a la ira de Dios que se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres y se esfuerza por sanar a los que nunca fueron heridos. Estos traficantes de promesas no son ministros del evangelio.

No cualquiera (muy parecido al anterior) que usa toda su fuerza para engañar a los pecadores trayéndolos a Cristo. Expresiones tiernas como «mis estimados oyentes» o «mis estimados corderos», repitiéndolas mil veces, no son prueba de un ministro del evangelio.

Finalmente, no cualquiera que predica la justificación por la fe, si no va más allá y no insiste también sobre la santificación, sobre todos los frutos de la fe, la santidad.

Entonces, ¿quién es un ministro del evangelio en el sentido completo y bíblico de la palabra? Aquél, y únicamente aquél, de cualquiera denominación, que anuncia todo el consejo de Dios, que predica todo el evangelio, incluyendo la justificación y la santificación, como medios para ir a la gloria. Aquél que no separa lo que Dios ha unido, sino que anuncia tanto a Cristo quien murió por nosotros, como a Cristo quien vive en nosotros. Aquél que constantemente aplica estas verdades al corazón de los oyentes, estando dispuesto a darse y ser consumido por ellos, teniendo la mente que hubo también en Cristo y siguiendo sus pasos sin desviarse. Aquél y sólo aquél puede ser llamado verdaderamente un ministro del evangelio.

Examinemos este punto con cuidado. Si el evangelio ha de ser buenas nuevas de gran salvación para todo el pueblo, entonces únicamente quienes predican la gran salvación son ministros del evangelio en el completo sentido de la palabra.

Es decir, quien predica la salvación de todo pecado (tanto interior como exterior) para llegar a poseer la mente que hubo también en Cristo Jesús y, de la misma manera, la ofrece a todo ser humano. Este título honorable es, entonces, vilmente prostituido cuando se le da a cualquiera y no se reserva para quienes testifican que Dios desea que todos sean salvos y perfectos como su Padre en los cielos es perfecto.

 

 

La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

 

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