Extracto de los Sermones de Juan Wesley

SERMONES | Año 3 N° 11

De su Sermón “Sobre el sermón del Señor en la montaña” [Discurso 9.2]  extraemos:

Mateo 6,24-34

Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida,

qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro

cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el

alimento, y el cuerpo más que el vestido?

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan,

ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las

alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?…

 

Es la voluntad de Dios que cada persona debe trabajar para comer su propio pan; sí, y que cada persona pueda proveer para sí mismo y para los de su casa. Es también su voluntad que no debamos a nadie nada, sino que procuremos lo bueno delante de todos los hombres.

Pero no es posible hacer esto si no pensamos cómo hacerlo, si no nos preocupamos; sí, con frecuencia debemos pensar larga y seriamente, debemos poner toda dedicación y cuidado. Por consiguiente, esta preocupación por proveer lo necesario para nosotros y nuestra familia, el pensar cómo satisfacer todos sus reclamos, nuestro bendito Padre no lo condena; esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador.

Es bueno y agradable a Dios que reflexionemos acerca de cualquier tarea que tengamos entre manos para tener claridad acerca de qué vamos a hacer, y planificar las actividades antes de embarcarnos en ellas. Y es correcto detenernos a pensar de vez en cuando cuáles serán los pasos siguientes, del mismo modo que debemos preparar todas las cosas con antelación para llevarlas a cabo de la manera más efectiva. Esta preocupación, que algunos han llamado «las preocupaciones de la mente», nuestro Señor nunca tuvo en sus designios condenarla.

Lo que sí condena en este texto es «las preocupaciones del corazón»: la ansiedad, el desasosiego; las preocupaciones que nos atormentan, toda preocupación que lastima nuestra alma o nuestro cuerpo. El prohíbe esa preocupación que por triste experiencia sabemos que nos quita la vida y seca nuestro espíritu, que es un anticipo de toda la miseria que tememos, y que viene a atormentarnos antes de tiempo. El sólo prohíbe esa preocupación que contamina las bendiciones del día de hoy por temor a lo que pueda ocurrir mañana; que no nos permite disfrutar la abundancia del presente por miedo a lo que nos pueda faltar en el futuro. Esta clase de preocupación es mucho más que una dolorosa enfermedad, una penosa dolencia del alma. Es una terrible ofensa a Dios, un pecado de los más abominables. Es una grave afrenta a quien con su gracia gobierna y con sabiduría dispone de todas las cosas, ya que necesariamente implica que el Juez Supremo no hace lo que es justo, que no lo ha hecho todo bien. Lisa y llanamente implica que o bien le falta sabiduría, si no sabe qué cosas necesitamos, o le falta bondad, si no provee lo necesario a quienes depositaron su confianza en él.

Estemos alerta, entonces, de no sucumbir ante esta clase de pensamiento.

Por nada estemos afanosos. No estemos ansiosos. Esta es una norma cierta y sencilla–si nuestra preocupación es sinónimo de ansiedad, entonces es ilegítima. Con la mirada puesta sólo en Dios, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para procurar lo bueno delante de todos los hombres. Y luego pongamos todo en mejores manos: confiemos todo a Dios.

No se afanen por nada, no estén ansiosos, ni aún por sus vidas, qué habrán de comer, o qué habrán de beber; ni por su cuerpo, qué habrán de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Si Dios les dio la vida, el más grande don, ¿no les dará comida para mantenerla? Si les ha dado un cuerpo, ¿cómo pueden dudar de que les dará ropa para cubrirlo? Especialmente si se entregan a él y le sirven de todo corazón. Levanten su vista, miren las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; sin embargo, no les falta nada, nuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? Ustedes que son criaturas capaces de conocer a Dios, ¿no creen que tienen mucho más valor a los ojos de Dios? ¿qué son seres de una escala superior? ¿Y quién de ustedes podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? ¿Qué provecho obtienen de tanta ansiedad? Es esfuerzo estéril y vano.

….

Buscad primeramente el reino de Dios. Antes de albergar cualquier otro pensamiento o preocupación, deja que tu única preocupación sea que el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien dio a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él crea no se pierda, mas tenga vida eterna, reine en tu corazón, sea manifiesto en tu alma, more y gobierne en ella, de modo que pueda derribar los argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y lleve cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. Deja que Dios sea el único que tenga dominio sobre ti. Deja que él reine sin rivales. Deja que él posea tu corazón, y que gobierne sólo él. Deja que él sea tu único deseo, tu gozo, tu amor; de modo tal que todo tu ser constantemente proclame: «¡El Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!»

.

 

 La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

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