Extracto de los Sermones de Juan Wesley

SERMONES | Año 3 N° 15

De su Sermón “El deber la Comunión constante” [Primera Parte] extraemos:

Lucas 22.19

Haced esto en memoria de mí

No es de asombrarse que, a gente que no tenga el temor de Dios, no se le ocurra hacer esto. Pero sí extraña que lo descuiden quienes temen a Dios y desean salvar sus almas. Y sin embargo, nada es más corriente. Una razón de este descuido es que tienen tanto temor de comer y beber indignamente (1Co.11,29) que no piensan cuánto mayor es el peligro de no comer ni beber de modo alguno. A fin de hacer todo lo que esté a mi alcance para conducir a estas personas bien intencionadas a una forma más justa de pensar.

En primer lugar, mostraré que es deber de todo cristiano recibir la Cena del Señor tan frecuentemente como pueda. Y en segundo lugar, responderé a algunas objeciones.

  1. Mostraré que es deber de todo cristiano recibir la Cena del Señor tan frecuentemente como pueda.

  2. La primera razón por la que es deber de todo cristiano hacerlo es porque es un claro mandamiento de Cristo. Que lo es resulta de las palabras del texto, Haced esto en memoria de mí, según el cual, como los apóstoles tuvieron la obligación de bendecir, partir y dar el pan a todos los que se reunían a ellos en estas cosas sagradas, así todos los cristianos estaban obligados a recibir esas señales del cuerpo y la sangre de Cristo. Aquí se nos ordena, por lo tanto, recibir el pan y el vino en memoria de su muerte hasta el fin del mundo. Obsérvese, además, que este mandamiento fue dado por nuestro Señor precisamente cuando estaba entregando su vida por nosotros. Estas son, por, lo tanto, por así decirlo, sus últimas palabras a sus seguidores.

  1. Una segunda razón por la que todo cristiano debería hacerlo tan frecuentemente como le sea posible es porque los beneficios de hacerlo son tan grandes para todo aquel que lo haga en obediencia a él; a saber, el perdón de nuestros pecados pasados y el fortalecimiento y renovación presentes de nuestras almas. En este mundo nunca estamos libres de tentaciones. Sea cual fuere el camino por el que marchemos o la condición en que nos encontremos, estemos enfermos o sanos, perturbados o en paz, los enemigos de nuestras almas están siempre alerta para conducirnos al pecado. Y frecuentemente nos derrotan. Ahora bien, cuando somos convictos de haber pecado contra Dios, ¿qué camino más seguro tenemos para procurar su perdón que anunciar la muerte del Señor (1Co.11,29) y rogarle, por el mérito de los sufrimientos de su Hijo, que borre todos nuestros pecados?

  1. De esta manera, la gracia que Dios nos da confirma el perdón de nuestros pecados, permitiéndonos abandonarlos. Así como el pan y el vino fortalecen nuestros cuerpos, también se fortalecen nuestras almas por estas señales visibles del cuerpo y la sangre de Cristo. Este es el alimento de nuestras almas: nos da fuerzas para cumplir nuestro deber y nos conduce hacia la perfección. Por lo tanto, si queremos tener en cuenta el claro mandamiento, si deseamos el perdón de nuestros pecados, si queremos la fuerza para creer, para amar y obedecer a Dios, no debemos descuidar ninguna oportunidad de recibir la Cena del Señor. Por eso nunca debemos dar la espalda a la fiesta que el Señor ha preparado para nosotros. No debemos dejar pasar ninguna de las ocasiones que la buena providencia de Dios nos otorga para ese propósito. Esta es la verdadera regla: debemos recibirla tan frecuentemente como Dios nos dé la oportunidad. Por lo tanto, quien no la recibe sino que se aleja de la santa mesa cuando todo está preparado, o no comprende su deber o no presta atención a la última voluntad de su Salvador, al perdón de sus pecados, al fortalecimiento de su alma y a su restauración por la esperanza de gloria.

  1. Que todo aquel, pues, que tenga algún deseo de agradar a Dios o algún aprecio por su propia alma, obedezca a Dios y tome en cuenta el bien de su propia alma comulgando en cada oportunidad que tenga, tal como lo hicieron los primeros cristianos, para quienes el sacrificio cristiano era una parte constante del culto en el día del Señor. Por varios siglos lo recibieron casi diariamente; al menos cuatro veces por semana y además en todos los días santos. En consecuencia, todos los que se unían en las oraciones de los fieles nunca dejaban de participar en el bendito sacramento. Un antiguo canon nos permite saber qué pensaban de aquellos que le daban la espalda: «Si un creyente participa en las oraciones de los fieles y luego se va, sin recibir la Cena del Señor, sea excomulgado por producir confusión en la iglesia de Dios»*

 

 

 

*Juan Wesley menciona aquí el canon II del Concilio de la Dedicación, celebrado en Antioquía en el año 341.

 

La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.

 

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